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viernes, 12 de abril de 2013

Memorias de un caracol






Soy Beethoven, sí el nombre me lo pusieron entre las babosas de una colonia que vivió cerca de aquí hace algún tiempo. No creáis que me disgusta, todo lo contrario; soy un caracol al que le gusta la música. Me aficioné a su sonido cuando el trompetista, mi amigo Mac, se mudó aquí: un precioso pueblo  llamado “ Rescate”. Él sólo tiene un ojo, por eso tuvo que abandonar la orquesta a la que pertenecía. Suele contar diferente versiones del suceso en el que perdió el ojo, tantas que no recuerda el suceso. En realidad no importa. Mac es un gran músico. Dice que la melodía se interpreta con el alma, algo que no sé si yo tengo- por ser caracol- y que eso le ayuda a ser mejor persona. Nadie como él sabe entender a los caracoles. Todo lo que yo sé de música me lo enseñó él.
Hace tiempo, cuando yo era más joven y me atrevía a entrar en el mundo de los humanos llegué de forma fortuita hasta el porche de su casa guiado por el sonido de su trompeta. Comenzó entonces a llover, el viento soplaba tan fuerte que me impedía avanzar a cada paso y me cobijé allí. En ese momento Mac salía para asegurarse de que todo estaba en orden después del temporal, de forma accidental me pisó taladrando así mi concha. Fue la primera vez que vi a un ojo llorar.
-no te preocupes, me dijo, buscaremos una nueva concha para ti
-¡A mí en realidad, lo que me gustaría  es que me enseñases a interpretar música!.¡Desde que te oí la primera vez quedé maravillado!. Lo de la concha no me importa mucho, porque de alguna forma también seré como tú que tienes una herida en el ojo.
A Mac esto le hizo mucha gracia
-Esta bien,, de todas formas buscaremos esa concha, y si no la encontramos ya buscaremos una forma de dar utilidad a ese agujero, que ahora te hace especial.
Salimos al jardín y caminamos hasta el bosque, y luego caminamos hasta el mar, encontramos miles de conchas, pero ninguna estaba hecha a mi medida, así que regresamos a casa. Una vez allí Mac partió una fruta.
-Es una pera, me dijo, es mi fruta favorita. No sé si los caracoles coméis peras, pero tampoco eres un caracol corriente. ¡Seguro que te gusta!
(…y yo me la comí). Mientras mordisqueaba la pera me dijo:
-Se me ocurre una idea, cuando como pera siempre se me ocurren. Utilizaremos tu concha para hacer música, le pediré al viento que silbe en tú agujero y con mis dedos yo guiaré la melodía, también le pediré a la hoja de la cornisa que caiga sobre ti para protegerte del frío. Además te voy a contar un secreto, tengo un amigo dragón( que es  mágico) al otro lado del río.  Tiene la habilidad de leer el pensamiento, además  posee todas las letras y notas musicales del mundo, las guarda en su cueva. Él te dará el don de la música, y a cambio –si es necesario- entregaré mi otro ojo para que se haga realidad tu deseo. Será mi regalo para compensarte.
El dragón se conmovió tanto, que además de regalarme el “don” me doto del  poder de dejar un rastro de notas musicales con mi baba.
Desde entonces el viento Mac  y yo formamos un buen equipo, me he hecho músico profesional y animamos las fiestas que hay por los alrededores del pueblo interpretando alegres melodías.
Si necesitas de nuestros servicios solo tienes que seguir el rastro de notas musicales que hay sobre el suelo , justo al final de la canción me encontrarás.

Isabel S
Una pera, un trompetista, una hoja, un caracol, un ojo y un dragóncillo fueron las propuestas para crear una historia en la que cada uno de los personajes daba su particular visión. Taller de creación literaria 2010

jueves, 31 de mayo de 2012

Mac y el tambor



¡Qué horror! -exclamó Mac-,el reloj se ha parado y el viento Veloz se ha llevado las horas .No sé en qué momento del día estamos. La luz tiene ese color extraño en el que uno no sabe si cae la tarde o amanece.
-¿has oído eso?, preguntó Mac al ojo
Un repiqueteo llamó su atención. Silencio. De nuevo volvió
-pon, pon, pon, pon
-¡lo he escuchado con tus propios oídos! , dijo el ojo, ¿has escuchado lo mismo que yo?
-pon, pon, pon, pon
-No veo nada, exclamó Mac. Mira tú a ver si ves algo (dijo Mac al Ojo)
El Ojo se ajustó y comenzó la búsqueda. Al otro lado de la ventana, Beethoven se aferraba al quicio para que el viento Veloz no lo arrastrara. Soplaba tan fuerte, que elevaba a su paso todo lo que encontraba. Las hojas de los árboles parecían el confeti de una fiesta de cumpleaños.
El caso es que Mac logró olvidar por un momento el suceso.(Se acordó entonces cuando vivía con su familia en “el bosque de los abetos grises”; su padre, su madre y dos hermanas que hacían de él el muñeco preferido, disfrazándolo a su antojo de mil formas. Él era el más pequeño. Aquellos  fueron tiempos muy felices para la familia. Sus padres  plantaban, cuidaban y después vendían árboles de Navidad. Pero a él no le interesaba el negocio familiar. A Mac siempre le ha gustado tocar la trompeta, desde muy pequeño; por eso aprendió y aprendió hasta ser un verdadero trompetista.
 Consiguió por aquel entonces formar parte de la orquesta ¡lástima que ocurriera lo del  ojo!, un trompetista con un solo ojo no estaba bien visto en aquella orquesta.
Fue entonces cuando se trasladó a un pueblo llamado  “El Rescate”.
A las afueras del pueblo encontró una casa  preciosa y decidió plantar y  cuidar árboles de Navidad para luego,-llegadas esas fiestas-, poder venderlos.
Lo que sucedió después fue que consiguió formar una banda,-algo particular, eso sí-).
-¡Escucha! -dijo el ojo-
Mac miró hacia la ventana
-¿Lo oyes?, repitió el ojo
La lluvia había comenzado a caer golpeando con fuerza las hojas que habían caído
-¡Siiiiiiiii!, -dijo Mac  entusiasmado-, se me ha ocurrido una fantástica idea. Creo que he encontrado el tambor perfecto, sí señor.

Este es otro de los cuentos que realicé en el taller.  Los personajes eran: Un dragón con una @  en la cola, un trompetista, un caracol, un ojo, el viento, una hoja de árbol y una pera.

 !HASTA LA PRÓXIMA ENTREGA!



lunes, 7 de mayo de 2012

Arrobito no es un destello



Este cuento  lo escribí el pasado Noviembre en un taller de creación literaria . Me divertí muchísimo, el ejercicio consistía en crear con diferentes personajes varios puntos de vista de una misma historia. Este es el primero de cinco, ya los iré publicando.



Arrobito no es un destello

¡Socorro, sacadme de aquí!- el pequeño arrobito bufaba destellos incendiarios desde dentro de la pantalla-.
Toc toc toc…-golpeaba con sus diminutas garras sobre el cristal-,  ¡necesito salir! Ni caso.
El trompetista no miraba el ordenador, observaba atento como- a través de la ventana- una hoja era arrastrada por el viento, desde la cornisa hacia el suelo, y se posaba sobre un caracol. Mordía una jugosa pera. Se sonrió al ver que el caracol parecía atrapado de forma inesperada, interrumpiendo así su ruta.
-Toc  toc toc ¡sacadme de aquí, por favor!
De repente el ojo del trompetista reparo en el cristal,  observo que unos destellos brillantes “gritaban” desde la pantalla del ordenador.
 El ojo de Mac –el trompetista- era astuto, se dio cuenta de que algo no iba bien. La @de su teclado había desaparecido. Aunque, lo que le resulto verdaderamente extraño era que pendía de la cola del bichejo que gritaba desesperado desde el otro lado
_!Qué has hecho insensato!, exclamó Mac, ¿te has comido mi @?
-Por favor, suplicaba arrobito, sácame de aquí, tengo que regresar a mi cueva.
-¡¿Cueva?!, ¿qué eres exactamente?- dijo el trompetista-, no sé cómo  ayudarte
-¡el caracol! ¡el caracol! – seguía gritando – tienes que conseguir que el caracol venga hasta aquí, soy un dragón hechizado por un embrujo, tienes que ayudarme a salir, por favor.
Mac salió al jardín más escéptico que convencido, buscó entre los matorrales, levantó las hojas que encontró a su paso hasta reconocer la que había  visto caer ,y al intentar atraparla el viento la elevó por encima de su cabeza, desapareciendo ante su único ojo sin que nada pudiera hacer. Solo quedaba en el suelo un rastro de baba que se dirigía hacia la casa. @@@@@@@@@@.
_No está, dijo al dragoncillo, el caracol se ha ido dejando un rastro de @que se pierde justo al entrar en el porche de la casa.
“…No sé que me pasa – pensó Mac- creo que la pera que me he comido no estaba tan sana como yo creía, o quizás el ojo me engaña! ¿estoy hablando con un dragón hechizado que me habla desde el ordenador?!, ¿en realidad existen caracoles que dejan rastros de letras?...”
Una de las habilidades que arrobito poseía era la de leer el pensamiento, y le dijo a Mac:
-Sé que no me crees pero es cierto que soy un dragón, y estoy aquí atrapado por culpa de un malvado virus, necesito una clave para salir, pero no la puedes teclear sin la @.Tienes que encontrar al caracol que todo se lo come, le llamamos Devorapalabras, se ha tragado la @ y la necesitamos para que  actives la clave.
¡Pero si tú llevas una en la cola! –dijo Mac enfadado-, utilízala
_No puedo, dijo arrobito apenado, el virus la ha dejado aquí solo como pista
¡Oh, no,no no! ,( el dragón vio como el caracol comía de la pera)
 ¡Es terrible!, gritó desesperado, !si come de la pera ya no podré regresar, !es una pera mágica que confunde la memoria!,! no podré salir nunca!- dijo desolado-.
Esc
Acto seguido Mac pulsó la tecla… y nada
No había dragón en la pantalla, todo estaba en su lugar, el ojo en el trompetista, el ordenador apagado, la hoja en la cornisa y el viento soplando.
 El caracol había desaparecido entre la maleza.
 Sobre la mesa, una pera mordida y un pequeño dragón con una letra en el rabo que miraba con asombro desde el cuaderno en el que estaba dibujado.

sábado, 7 de abril de 2012

Cuentos herméticos



No todas las palabras quieren ser entendidas, hay frases también que se esconden de si mismas, que se camuflan para trastocar sus significados, y aun éstos giran y se transmutan. Hay cuentos herméticos, palabras que contienen más de lo que dicen, que esconden algo, o eso aparentan. Los hombres han guardado siempre en lugares especiales estos textos. Los han guardado, los han estudiado, los han interpretado. Y cuando las murallas caen, y siempre acaban cayendo, las palabras herméticas estallan, y resultan ser un cuervo, o una espada, o la profecía que cuenta como llegará de nuevo la libertad al reino.

domingo, 25 de marzo de 2012

El porqué de las cosas




 En medio de un claro, el caballero ve el cuerpo de la muchacha, que duerme sobre una litera hecha con ramas de roble y rodeada de flores de todos los colores. Desmonta rápidamente y se arrodilla a su lado. Le coge una mano. Está fría. Tiene el rostro blanco como el de una muerta. Y los labios finos y amoratados. Consciente de su papel en la historia, el caballero la besa con dulzura. De inmediato la muchacha abre los ojos, unos ojos grandes, almendrados y oscuros, y lo mira: con una mirada de sorpresa que enseguida (una vez ha meditado quién es y dónde está y por qué está allí y quién será ese hombre que tiene al lado y que, supone, acaba de besarla) se tiñe de ternura. Los labios van perdiendo el tono morado y, una vez recobrado el rojo de la vida, se abren en una sonrisa. Tiene unos dientes bellísimos. El caballero no lamenta nada tener que casarse con ella, como estipula la tradición. Es más: ya se ve casado, siempre junto a ella, compartiéndolo todo, teniendo un primer hijo, luego una nena y por fin otro niño. Vivirán una vida feliz y envejecerán juntos.
Las mejillas de la muchacha han perdido la blancura de la muerte y ya son rosadas, sensuales, para morderlas. Él se incorpora y le alarga las manos, las dos, para que se coja a ellas y pueda levantarse. Y entonces, mientras (sin dejar de mirarlo a los ojos, enamorado) la muchacha (débil por todo el tiempo que ha pasado acostada) se incorpora gracias a la fuerza de los brazos masculinos, el caballero se da cuenta de que (unos 20 o 30 metros más allá, antes de que el claro dé paso al bosque) hay otra muchacha dormida, tan bella como la que acaba de despertar, igualmente acostada en una litera de ramas de roble y rodeada de flores de todos los colores.

Quim  Monzó 

lunes, 12 de marzo de 2012

Se preocupó


 Se preocupó por primera vez cuando su boca se desprendía de la mandíbula por alguna de las comisuras y se mantenía colgando hasta que con dedos apurados lograba colocarla en su lugar. En poco tiempo la boca se soltó de su cara y la perdió. Si no hablo voy a estar más tranquilo, se dijo sin voz. Y los médicos van encontrar una solución para alimentarme, se dijo sin hambre. La verdadera frustración se presentó cuando se enamoró y sintió el deseo de besarla, sin boca.
Román Caracciolo

viernes, 9 de marzo de 2012

El otro




 Cuando me dijeron que no puedo ser Juan José Millás en Internet porque alguien se lo ha pedido antes que yo, mi primer impulso fue poner una denuncia. Luego, como el abogado me salía más caro de lo que valgo, decidí dejar las cosas como están. Ese loco que pretende ser yo no tiene ni idea, pues, de la vida que le espera. Si ha de pasar en la existencia digital por la mitad de lo que yo he pasado en la analógica, no tardará en salir corriendo de mi cuerpo. Entre tanto, me divierte asomarme cada día al ojo de cerradura de la Red y ver a qué se dedica mi reflejo cibernético. De momento, no se dedica a nada: está ahí el pobre, en medio de un escaparate desolado, esperando que alguien lo compre. Pero quién va a comprarlo. ¿Quién va a comprar un Juan José Millás binario, por favor? No tiene ni idea el individuo que se ha metido en mi pellejo lo que me cuesta venderme cada día. Y eso que en la versión analógica sé arreglar enchufes y reparar grifos y colgar cuadros y lavar y planchar y cambiarle al coche la batería y el aceite. El único que podría comprarme soy yo, y no porque no pueda vivir sin mí, sino por lástima. En las películas de esclavos, siempre me identificaba con el esclavo que no compraba nadie. No importa al precio que me pongas, muchacho, no lograrás venderme ni a mí mismo: mi lástima no llega a tanto. Y, cuando llega, es compensada por un golpe de ira, porque hoy por hoy me detesto más de lo que me deseo. Si tuviera que elegir entre darme veinte duros y darme un tiro, me pegaría un tiro, no lo dudes. Ignoro cuánto has pagado por ser yo, pero por poco que sea has hecho un mal negocio. Antes de lo que te imaginas, vendrás a pedirme de rodillas que me haga cargo de mí mismo, tiempo al tiempo. Pero no me intereso. Ni bañado en oro volvería a ser yo. Estoy hasta los huevos de la versión original, que dicen que es la buena, de modo que no quiero ni imaginar cómo serán las copias. Agradecería, pues, que te apropiaras también del familiar Juanjo Millás antes de que tenga un momento de debilidad y lo haga yo por pena. No olvides tomar Almax para el ardor de estómago, y Trankimazín para la angustia. Para la culpa no he encontrado nada todavía.
Juan José Millás

martes, 6 de marzo de 2012

Uno arranca el cuchillo

Uno arranca el cuchillo y queda el suspenso de la carne que aún no sabe de la herida. Es el único instante de inocencia: el cuchillo ha sido clavado y retirado y la carne queda boquiabierta un segundo antes de empezar a sangrar y manifestarse.

Luisa Valenzuela


viernes, 24 de febrero de 2012

Defensa propia






Antes no me pegaba. Me gritaba, me insultaba y rompía cuanto estuviese cerca. Como esa puerta. ¿La ve? Era un infierno, pero no me pegaba.
Hasta hace tres años, que me dio el primer puñetazo y me rompió la quijada. Justo aquí. ¿Lo nota? Sí, me pidió perdón en el hospital, pero desde entonces cada vez fue peor. Se enfadaba antes y los golpes eran más duros.
No, nunca me defendí y nunca lo denuncié; a pesar de lo que me aconsejaban las tres amigas que tengo. Una sabe que las vergüenzas no hay que airearlas.
Por eso hoy puso una cara de incredulidad como nunca le había visto, cuando lo encañoné con la escopeta de mi difunto.
¿Lo último que me dijo? «Te faltan huevos para disparar, mamá».

Pedro Sánchez Negreira


lunes, 20 de febrero de 2012

Consejos de almohada




Aquella noche debía decidir si iba a abandonarla. Llegó a casa de madrugada y descubrió que su esposa se había quedado dormida en su lado de la cama. Se acostó en la mitad del colchón que no le correspondía.. Echó de menos su almohada, gruesa y firme, gran consejera y tuvo que pelearse con la de su mujer. Él amaneció temprano, dispuesto a ponerse el vestido rojo para la boda del sábado. Ella, extrañamente resuelta a huir con la joven amante que ignoraba tener.

(Teresa Serván)

domingo, 19 de febrero de 2012

El gallo



Más temprano que de costumbre me he despertado con el mismo cacareo. El gallo del vecino me habla sin parar de literatura comparada, de filosofía y de religión. A la vista de la desbordante muestra, mi decisión es irrevocable. Esta noche mataré al vecino a picotazos, luego  me cenaré al bicho.
(Isabel S)

viernes, 10 de febrero de 2012

Yo soy inminente ( cuento para abrir una sonrisa)



A veces tengo unas admoniciones increíbles, como una especie de versiones de cosas, ¿sabes? Me vienen de repente, por un sueño que he tenido, o por un asentimiento. Paqui dice que todo son alusiones mías, pero de eso ni hablar, que la que está delicada del cerebelo es ella y no yo. Y luego otra cuestión: que a la gente le cuesta mucho omitir que los demás tienen poderes que ellos no han aprehendido. Además, hay que tener presencia de que la Paqui está amargada, porque tiene al marido empotrado en la cama desde hace años y de eso nadie sale inerme, oiga, se lo digo yo que estoy al margen de todo y sé muy bien de lo que hablo porque ya he pasado por ese alcance. La Paqui ahora no me cuenta nada, porque lleva una época muy perceptible, pero antes estábamos muy penetradas las dos. Lástima. Desde que se ha ido a vivir a esa organización de casas endosadas no hay quien le diga nada. Antes vivía en el beneficio de enfrente, y todo eran favores, que si me das un poco de sal, que si me enciendes la aguja que yo no veo bien, en fin, un desecho de favores. Le he dicho que va acabar mal, que el marido se le va a convertir en un adulterado, que su hija pequeña va a tener una noción de embarazo y que al chico la novia lo va a dejar por imponente. Le he dicho que lo he visto todo clarísimo como el agua. Y la Paqui que no, que no se quiere creer que yo soy inminente y veo el futuro. Peor para ella.
Diagnóstico: Solecismo (Se emplea como opuesto a barbarismo; mientras este es un error cometido por el empleo de una forma inexistente en la lengua, el solecismo consiste en el mal uso de una forma existente).
Flavia Company
Transtornos literarios. Ed. Páginas de espuma. 2011


lunes, 30 de mayo de 2011

Alicia cumple años

El 24 de marzo de 1865 se publicó la primera edición de "Alicia en el país de las maravillas" de Lewis Carroll, se han cumplido 146 años desde su creación y ésta es la imágen del manuscrito original del cuento.




martes, 17 de mayo de 2011

El hombre y la luna


Un hombre soñó que atrapaba la luna




al día siguiente puso todo su empeño en hacer su sueño realidad
porque el hombre creía en los sueños

calibro la distancia exacta para llegar hasta ella



buscó incansable la escalera y trepó hasta llegar a su altura


 aquella noche inmensa leyó poemas a la luz de la luna

y la luna le habló :

Mi vientre incapaz es luz,
mi pulso, mi voz, luz son
luz es también
la niña que me atraviesa
en fiera cacería de sueños,
destellos fríos
que hacen olvidar mi nombre.
Es luz la vida que contigo comparto
aunque difícil encajarla 
con ese olor a hombre que viene del beso .
Engáñame y quédate en mí,
huésped extanjero, porque soy luz.

(del libro  "La razón de la luna")


martes, 1 de febrero de 2011

Carolina


Desde éste tejado no se puede respirar bien, la ciudad expulsa un calor que se eleva hasta el final. Nadie sale a la calle: Me veo obligada, pues, a observarlos a través de las ventanas; cúbicos observatorios, nidos de avispas, hervideros luminosos y tristes. Calles estrechas como lenguas de serpiente que se proyectan, se disfrazan, fluyen en solitario inmóviles como el tiempo atrapado en el cristal de un viejo reloj. Esta noche no hay ni uno solo que baile para mí, que me alimento de sus danzas. Pobres humanos que no conocen el abrigo extremo de mi piel de gata.
("Historias de gatos en cien palabras")

domingo, 30 de enero de 2011

Historias de gatos en cien palabras.




No sé exactamente  cuál es el origen de mi noble familia, de repente me encontré en lo alto de un tejado. Tengo pelo por todo el cuerpo. Sé saltar de teja en teja es evidente, pero no recuerdo cómo he llegado.  Está tan oscuro que no distingo bien el color, aunque a estas alturas de mi condición, creo que tampoco importa mucho. Intento decir algo a mi favor.  Imposible  pronunciar una  palabra. Una especie de ronroneo,  eso ha salido de mi garganta. Tengo ganas de matar, pero solo distingo  un escuálido ratón escondido; lo engullo. Yo soy el rey gato.
 

Antes de ir a dormir

Adaptación de Carolina Escobar del cuento "Antes de ir a dormir" de Jordi Cebrián


"Su padre intenta convencerla de que no hay monstruos en el armario, y ella le hace creer que lo comprende, que ya es mayor, que si su padre le muestra que tras las puertas no hay cosas con dientes ni ventosas, dormirá tranquila por la noche, soñando esos sueños inocentes que los adultos creen que las niñas sueñan, y su padre la tapa y le da un beso, y ella espera un poco para levantarse y abrir de nuevo el armario, pues claro que hay monstruos, y debe alimentarlos, pues hambrientos podrían devorar a su padre, que no les ve".


viernes, 28 de enero de 2011

La terrible infancia


Estoy convencida de que haber topado con algún "amigo o amiga" que nos hicieron sufrir mucho en nuestra niñez o adolescencia, es algo más común de lo que solemos reconocer. ...Y muchos años después  te encuentras a una mujer fracasada, mucho más fea de lo que recordabas, y sobre todo tremenamente frágil. Una dulce y perversa sensación de triunfo te invade, claro que en ese momento en que sucedian los hechos esto no  ayudaba mucho- sobre todo porque para mi  era impensable esa derrota tan deseada- ; y simplemente saludas con amabilidad y continuas tu camino con los pasos más seguros. Pero que terrible angustia, que miedo y que soledad la de entonces. 
Todas esas sensaciones me han asaltado al leer el relato"felicidad clandestina" de Clarice Lispector, autora que recomiendo leais, y para ello aquí os dejo un relato suyo.

FELICIDAD CLANDESTINA

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.

Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!

Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.

¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.