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domingo, 25 de marzo de 2012

Carta sin tinta



Te extraño de repente te extraño como si fueras una parte de mi cuerpo arrancada, y qué vergüenza decírtelo, más vergüenza daría no hacerlo. Qué época del año es como para que te extrañe tanto qué pasa en el mundo qué intuiciones son estas que no logro descifrarlas, simplemente oleajes de tu olor que no huelo, tu sombra que nunca puedo pisar, solo puedo escribirte, y es tanto que la tinta se asusta y se devuelve.
(Natalia Litvinova)

lunes, 13 de febrero de 2012

Carta de Frida Kahlo a Diego





Diego:

Nada comparable a tus manos ni nada igual al oro-verde de tus ojos.
Mi cuerpo se llena de ti por días y días.
Eres el espejo de la noche. La luz violeta del relámpago. La humedad de la tierra.
El hueco de tus axilas es mi refugio.
Toda mi alegría es sentir brotar la vida de tu fuente-flor que la mía guarda para llenar todos los caminos de mis nervios que son los tuyos.
Mi Diego:
Espejo de la noche.
Tus ojos espadas verdes dentro de mi carne, ondas entre nuestras manos.
Todo tú en el espacio lleno de sonidos - En la sombra y en la luz. Tú te llamarás Auxocromo el que capta el color. Yo Cromoforo - La que da el color.
Tú eres todas las combinaciones de números. La vida.
Mi deseo es entender la línea la forma el movimiento. Tú llenas y yo recibo. Tu palabra recorre todo el espacio y llega a mis células que son mis astros y va a las tuyas que son mi luz.

(cartas de amor de la historia)

lunes, 14 de febrero de 2011

Cartas de Anton Chejov y Olga Knipper





Chéjov (1860-1904) fue un escritor y dramaturgo ruso. Intercambió una inmensa correspondencia con la que sería última mujer importante en su vida, además de intérprete de su teatro. Pues Olga Knipper (1868-1959), rusa de origen alemán, era una de las actrices principales del moscovita Teatro del Arte, que puso en escena las últimas obras de Chéjov. En sus cartas se aprecia el nacimiento del amor, el matrimonio casi secreto (la familia de Chéjov no simpatizaba con Olga) y siempre su anhelo de encuentros y sus continuas separaciones que crean en ella –que pierde un hijo del escritor– la conciencia de no ser una buena esposa. Las separaciones tenían dos razones: por su tuberculosis, ya que Chéjov debía pasar los inviernos en lugares cálidos (Yalta o Niza), y a la vez él no quería que por ello Olga sacrificase su carrera de actriz. Aunque la salud de Chéjov se deterioraba por momentos, asistimos a sus esfuerzos por llevar una vida casi normal, sentimos como ama libremente a su mujer, y como al final muere en sus brazos (tras acabar de beber champán) en un balneario alemán, al que habían acudido juntos. Son cartas entrañables y siempre íntimas, donde se asiste al desarrollo del amor y quizá a la fase final en que incluso el cariño supera al deseo.






De Chejov a Olga



Yalta, 27 de septiembre de 1900


Olga, querida mía, mi pequeña actriz maravillosa, ¿por qué ese tono, ese humor quejoso y amargo? ¿realmente soy tan culpable? Pues bueno, perdóname, querida mía, mi zagala, no te enfades, no soy tan culpable como te lo hace creer tu desconfianza. Hasta el momento no he podido ir a Moscú porque estaba enfermo, no hay otro motivo, te lo aseguro, querida, te doy mi palabra. ¡Palabra de honor! ¿Me crees?

Me quedaré en Yalta hasta el 10 de octubre, trabajaré y luego saldré hacia Moscú o, según mi estado de salud, hacia el extranjero. En cualquier caso, te escribiré.

No he tenido carta de mi hermano Iván ni de mi hermana Macha. Evidentemente están molestos, pero no sé por qué.

Ayer estuve en casa de Sredin; había muchos invitados, casi todos desconocidos. Su hija está clorótica, pero va al liceo. Él padece de reumatismo.

En cuanto a ti, escríbeme detalladamente cómo ha ido "La hija de las nieves", cómo ha sido el principio de la temporada, cuál es el estado de ánimo de todos, cómo está el público, etc, Y, puesto que no eres como yo, tienes mucho que escribirme, tienes material para dar y regalar, mientras que yo no tengo nada, salvo quizá una cosa: hoy he cazado dos ratones.

En Yalta sigue sin llover. ¡Esto sí que es sequía! Pobres árboles, especialmente los del monte de al lado, que durante todo el verano no han recibido ni una gota de agua y están completamente amarillos; es como las personas que no reciben ni una gota de felicidad a lo largo de toda su vida. Hay que creer que así debe ser.

Escribes: "tienes un corazón amante, tierno, ¿por qué lo endureces?". Pero ¿cuándo lo he endurecido? ¿Cómo, pensándolo bien, he dado prueba de esta dureza? Mi corazón te ha amado en todo momento, y ha sido tierno contigo, nunca te lo ha ocultdo, nunca, nunca, y tú me acusas así a la ligera.

A juzgar por tu carta, deseas y esperas alguna explicación, una larga discusión, con caras serias y consecuencias serias; pero yo no sé que decirte, como no sea una cosa que ya te he dicho mil veces y que, por lo que parece, seguiré diciéndote durante mucho tiempo, esto es, que te quiero, y nada más. Si ahora no estamos juntos no es por culpa mía ni tuya, sino del diablo que ha puesto en mí el bacilo y en ti el amor por el arte.

Hasta la vista, mi querida viejecita, que los ángeles te guarden. No te enfades conmigo, palomita, no estés triste, sé sensata.

¿Qué hay de nuevo en el teatro? Escribes, te lo ruego.

Tu Antonio

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De Olga a Chejov


Moscú, 11 de diciembre de 1900


No puedo hacerme a la idea de nuestra separación. ¿Por qué te has ido, cuando deberíamos estar juntos? Ayer, cuando el tren se alejaba y tú con él, sentí por primera vez con agudeza que nos separábamos de verdad. Caminé durante mucho rato tras el tren, como si no me lo creyera, y de repente estallé en sollozos; lloré mucho, como no lloraba desde hacía muchos, muchos años. Estaba contenta de que Lev Antonovich estuviera contigo, sentía que él me comprendía y no me daban ninguna vergüenza mis lágrimas. Fue muy delicado, muy tierno, caminaba en silencio. Al final del andén nos quedamos mucho rato esperando que se fueran las personas que te habían acompañado: me repugnaban tanto que no hubiera podido ni verlas. Llorar me resulta algo suave y las lágrimas eran abundantes y cálidas, en los últimos años había perdido la costumbre de llorar; lloré y me sentí mejor. Fui a casa de Macha, me senté en un rincón y lloré suavemente durante mucho rato. Macha se quedó a mi lado en silencio; en la otra estancia María Timofeievna hablaba tranquilamente con Sulerjutski. Final del capítulo. A continuación pasaron todos a nuestra casa y Lev Antonovich empezo a examinar a las dos Marías de física y de geometría hasta hacernos reír. Con la nariz hundida en la almohada yo oía todo como en un sueño. Él les contaba cantidad de cosas sobre su vida, les enseñaba juegos de manos, pero yo me había desconectado por completo y en mi pensamiento iba contigo, oía el ruido cadencioso de las ruedas, respiraba el olor específico del vagón, me esforzaba en adivinar en qué pensarías tú, que pasaría en tu alma y, puedes creerme, ¿lo adiviné todo...!

A continuación cenamos tranquilamente. Sulerjitski y Drozdova nos hicieron reír, adoptaron todo tipo de actitudes extrañas y hablaron de modo risible. Se fueron y nosotros nos acostamos. He dormido mal, con sueño pesado, y me he levantado tarde; alrededor de mediodía he ido al teatro y allí me he enterado de que no había ensayo, pues se ensayaba "Stockman": Raevskaia está enferma y es Kocheverova quien la reemplaza para no cargarse el espectáculo. Al salir del teatro he ido a buscar noticias a casa de Raevskaia. Me encontraba bien y de humor tierno, era hermoso ver la caída de la nieve; me gusta esa sensación de calma y de suavidad. Raevskaia apenas habla, está en la cama con una bronquitis fuerte y 39.2 grados de fiebre. A continuación he vuelto a casa, he leído a DŽAnnunzio y me he puesto a escribirte, mi querido y buen Anton.

Seguramente recibirás mi carta el sábado, pues tardan al menos cinco días. ¿Cómo llegaste? ¿Cómo eran tus compañeros de viaje, no te han molestado con tus cigarrillos? ¿Has discutido con ellos? Aún no son las cinco, y a las nueve estarás en Varsovia. Presta atención, no cojas frío al cambiar de tren, y, por el amor del cielo, protégete y no te enfades conmigo si te hablo así, querido mío, y sigue llamándome, como en el pasado, "mi alma", "cachorrillo" y "chiquilla valerosa", ¿te parece?

Ya sabes, Antón, que me da miedo soñar, esto es, interpretar los sueños, pero me parece que de nuestro sentimiento surgirá algo bueno, fuerte, y cuando tengo esta fe siento mi ánimo maravillosamente despejado, siento el corazón cálido, tengo ganas de vivir y de trabajar, las vulgaridades de cada día ni me afectan y ua no me planteo preguntas sobre el sentido de la vida. Tú alimentas en mí esta fe, esta esperanza; los dos estaremos bien y no nos resultará difícil vivir separados estos meses, ¿no es así, querido mío? No sé por qué, me parece que ahora te pondrás a trabajar a gusto, y además en Niza descansarás, te pasearás; y así te sentirás aún más atraído hacia tu mesa de trabajo.

En cuanto a mí, ¿llegaré a saber sobre qué estás escribiendo? Aunque sean dos palabras...

Recuerdo incisamente nuestra despedida en Sebastopol y la de ayer. Cuánto más fuerte y limpia ha sido esta última, ¿verdad?

Viviré y trabajaré, no estaré triste y pensaré en la primavera, en nuestro reencuentro. ¡Tú también, mi querido, mi amado! Beso, tu amada cabeza, tus hermosos ojos, tus suaves cabellos, tus labios, tus mejillas, tu frente inteligente, te estrecho entre mis brazos y te pido que me ames, que me ames y que escribas más a menudo a tu cachorrillo.
 

sábado, 27 de noviembre de 2010

Palabras y reproches



Carta de Zenobia Camprubí en la que reprocha a Juan Ramón Jiménez su temperamento melancólico
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Domingo noche, verano de 1913
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Querido amigo Juan Ramón:
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Como me esté un momento más callada estallo, y como no tengo ganas de estallar, aquí va esto, que usted llamará carta, o algo menos chino, pero que yo llamo un rompimiento colosal del dique de mi paciencia y un desbordamiento igualmente colosal de mi ira, indignación, furor, etc. (etcetetorum) (yo me he de reír hasta cuando rabio). ¿Por qué está usted siempre con esa cara de alma en pena? ¡Es usted un egoísta de primera! ¡Caramba! No le da la gana de ver más que lástimas en el mundo. Hasta yo me pongo triste… con que ¡diga usted! Si a usted lo que le pasa es que necesita salirse de la dichosa rutina cariacontecida de su interior. Yo le voy a curar a usted de raíz, pero de raíz. Sálgase de una vez de su cuarto tenebroso (para usted tenebroso, aunque tenga 6 ventanas o un arco voltaico) de la calle Villanueva, y váyase al Escorial, a Moguer y después a la Residencia –pero ¡por Dios enseguida! Y cuando vuelva a Madrid después de haber respirado un poco el aire de campo, yo me encargo de que no le vuelva a dar tristeza. No le voy a dejar parar. ¿Para qué le sirven a usted sus benditos versos? Si fuera verdad que encima de un asno le floreciera el corazón… pase… pero si a usted no le florece el corazón nunca. Si fuera usted un almendro, un peral o siquiera un magnolio… pero si es usted un ciprés, más parado y sombrío que los del Generalife. Déjese de tristezas una temporada y véngase a jugar con todas mis amigas andaluzas y conmigo. Ya sé que se enfada porque le digo que quiero que se enamore de una de mis amigas, lo desdigo. No se enamore usted de ninguna, pero deje que le sacudamos un poco esa tristeza. Sus amigos deben ser todos una serie de lechuzas o no se lo hubieran tolerado a usted. Yo si fuera su hermana… cuando viniera a casa, cogía todos los cojines de la sala y lo estaba bombardeando hasta hacerlo reír.

Anoche no pude terminar mi carta y hoy la concluyo en casa de Josefina. Nos vamos a comprar un par de castañuelas para mandárselas a usted. Acabo también de recibir su carta: “Frater Luna, si en esto estamos desde que lo conocí”. Usted se parece tanto a mi hermano mayor que muchas veces no sé cuál es cuál. Y ¿quién le ha dicho a usted que yo me voy a casar con nadie, pájaro de mal agüero? ¡En eso estoy yo pensando! ¡Y aquí en España! ¡Enseguida! ¿Por qué no será usted una muchacha, Dios santo? No se vaya usted con Ortega y Gasset, váyase con Jaén o con cualquiera que no sea otro sauce como usted. Póngase a escribir seguidillas, vístase de torero y plántese en la calle de las Sierpes a echarle piropos a todas las inglesas feas que desfilen por allí.

¡Alegrémonos de haber nacido! “Frater Sol.”

Juan Ramón reprocha a Zenobia Camprubí - en respuesta a su anterior carta- el bajo nivel intelectual de sus amigas.

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Lunes noche, verano de 1913


Hermana Zenobita:
(Los hermanos no pueden llamarse de usted; yo lo suprimo ya para siempre.)

Llena la frente de estrellas, después de haber estado cerca de ti dos horas, cuando has cerrado el balcón rojo, me he venido hacia casa despacio y triste, triste aunque te parezca mal, ¡reina de la risa! El balcón de tu alcoba, oscuro y hondo, seguía abierto... ¡Con qué pobres dichas se contenta a veces el corazón, el corazón que subió tanto!... Muy alegre estabas hoy cuando me escribiste tu carta. Te lo agradecí con toda mi alma, pero cuando la terminé me eché a llorar. No es una carta tierna ni dulce. De haberlo sido, me habría puesto más alegre. No, Zenobita, no es que yo sea fúnebre siempre. ¿Me quieres decir qué tiene uno en el corazón de vuelta de esas frivolidades a que, tan muerta de risa, me invitas? Por ejemplo: Esta carta en verso de Josefina, ¿qué compensación puede tener? ¡Hay tantas cosas que están por hacer, que nadie hace, mientras tanto! Tú, la bien dotada, ¿qué vas a hacer de tu vida? ¿Qué sacas en limpio de esas charlas con esas amigas "tan simpáticas" que no han podido comprender al Greco? No soy un maestro de escuela, pero tú sabes bien que el espíritu es una realidad, que existe, que puede ser mucho y que está esperando serlo. Recuerda las palabras de Leonardo da Vinci: "Como un día bien empleado da alegría al dormir, una vida bien usada da alegría al morir". Tú eres mucho y tienes la obligación de serlo. ¿Qué satisfacción puedes hallar hablando con personas cuyo espíritu anda tan lejos del tuyo? Quieres también, y bien sabe Dios cómo te agradezco tu deseo, que yo haga lo mismo. ¿No te da pena hacerlo tú y pensar que yo lo haga? Buen sermón -dirás-, y para nada. ¡Ay!, la verdadera alegría está más adentro, Zenobita, y dura más. No se acaba, ni se cansa con el cuerpo. Esta es la que yo quiero, ¡la que no se acaba nunca! Es inútil que nos olvidemos de esa gracia interior por la que podemos crear el infinito. El castigo está en el mismo olvido. Sólo hay un retorno alegre: el del trabajo espiritual. No quiero decir que tú no goces con la venta o con el hallazgo de un capitel o de un canecillo, pero seguramente estarías más alegre cuando el portugués del hospital te miraba y te hablaba de gloria, cuando te escribía el niño de la Rábida, cuando Catalina te decía que tu retrato le había saltado las lágrimas. Y si llevaras a esas amigas tuyas a un estado superior, todo estaría bien; pero estar con ellas -¡o con ellos!- por "pasar el rato", amoldando un alma como la que tienes a las suyas, es sencillamente una bajeza. ¡Perdóname! ¡Te quiero tanto que querría que tu luz lo inflamara todo y que a ti nada te obscureciese! "Póngase a escribir seguidillas, vístase de torero y plántese en la calle de las Sierpes a echarles piropos a todas las inglesas feas que desfilen por allí." "Alegrémonos de haber nacido!" Aun cuando todo esto sea una broma, aunque lo hayas escrito con la mejor de las intenciones, Zenobita, en serio te digo: ¿no te ha dolido nada al escribirlo? ¿Cómo puedes olvidarte así de ti misma? ¿O crees que eso puede ponerme más contento? De todos modos, no me dejes sin ti misma. Te necesito como seas, como quieras ser, y yo seré lo que tú quieras, sólo porque seas feliz. Si ahora mismo me dijeran que con mi muerte se conseguiría tu felicidad, la muerte me parecería tan dulce como tú misma. Y, antes de concluir: puesto que hemos convenido en ser hermanos, no te alejes así de mí. Te prometo no decirte nada más que cosas fraternales. Pero ¿por qué, si verte es mi alegría, no he de verte? ¿Por qué dejar pasar con los días este encanto ¡que no vuelve! de las palabras buenas, de las miradas cariñosas, de las sonrisas deleitables? Ve a la Residencia, que nada haré que esté mal. ¡Y escribe a este hermano tuyo que solo desea tu verdadera dicha!

...................................................................................................J. R.

(99 CARTAS DE AMOR, Random House Mondadori, Barcelona, 2007, págs. 227-23)


lunes, 18 de octubre de 2010

Los sentimientos ocultos de Carlotte Brontë




Charlotte Brontë (1816-1855) fue una novelista inglesa. A comienzos de la década de los 40, tras el intento fallido de crear una escuela privada y rechazar la propuesta matrimonial del reverendo Henry Nussey, Charlotte y su hermana Emily viajaron a Bélgica para estudiar idiomas en el Pensionat Heger de Bruselas. Ahí Charlotte se enamoró de Constantin Heger, el propietario de la escuela. Por primera vez alguien ajeno a su entorno familiar se interesaba por sus escritos y sus inquietudes intelectuales. Eso despertó en Charlotte sentimientos ocultos que al hacerse evidentes distanciaron al profesor, un hombre casado que no albergaba más intención que la puramente académica. De este episodio nacería la primera novela de la 
escritora "The Professor".

...



18 de noviembre de 1845

Señor:

Los seis meses de silencio han seguido su curso. Hoy es 18 de noviembre; mi última carta estaba fechada (creo) el 18 de mayo. Por eso puedo escribirle sin faltar a mi promesa.

El verano y el otoño se han hecho muy largos; a decir verdad, han sido necesarios dolorosos esfuerzos por mi parte para mantener hasta ahora la abnegación que me impuse a mí misma. Usted, señor, no puede concebir lo que significa; pero imagínese por un instante que uno de sus hijos fuera separado de usted, a 160 leguas, y que usted tuviera que estar seis meses sin escribirle, sin recibir noticias suyas, sin oír hablar de él, sin saber nada de su salud, y entonces entenderá fácilmente toda la severidad de una obligación así. Le digo francamente que he intentado olvidarle durante estos meses, porque el recuerdo de una persona a quien uno no cree que pueda volver a ver de nuevo y a quien, sin embargo, se tiene en gran estima, atormenta demasiado la mente; y cuando uno ha sufrido ese tipo de ansiedad durante un año o dos, está dispuesto a hacer cualquier cosa para reencontrar la paz. Yo lo he intentado todo; he buscado ocupaciones; me he negado a mí misma por completo el placer de hablar de usted, ni siquiera a Emily; pero no he sido capaz de superar ni mis pesares ni mi impaciencia. Lo cual, de hecho, es humillante: ser incapaz de controlar los propios pensamientos, ser esclava de un pesar, de un recuerdo, la esclava de una idea fija y dominante que gobierna despóticamente la mente. ¿Por qué no puedo recibir tanta amistad de usted, como usted de mí, mi más ni menos? Entonces estaría tranquila, tan libre que podría mantenerme en silencio durante diez años sin esfuerzo.

Volveré a escribirle el próximo mayo: sería mejor esperar un año, pero es imposible: demasiado tiempo.

(…) Adiós, mi querido Maestro, que Dios le proteja con sumo cuidado y le corone con bendiciones especiales.

(visto en "cartas de la historia")
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El desgarro de sus sentimientos queda latente en estas palabras que la escritora le dedica a su amor oculto.